¿Cómo se crea el futuro? Imaginarios e historias. Parte 2

Jonas de Ro Mandira
Mandira, by Jonas de Ro

Esta es la segunda parte de un artículo anterior . Descárgate aquí la primera y segunda partes editadas en un único pdf

Como explicaba, las historias tienen poder. Podemos intuir en ocasiones cómo ese poder se despliega en los medios del mundo contemporáneo. Sin ir más lejos, en una época que estamos definiendo como de Post-veracidad o “Post-truth”, donde la censura está volviendo a ser algo actual, los grandes y medianos relatos tienen algo que ver con el poder. Pero esto, ¿a qué se debe?

Tenemos que tener claras diversas premisas: una, es que el ser humano es un animal social, somos lo que somos debido a las dinámicas e interdependencias que generamos con otros. Otra, es que somos seres cuya ventaja de supervivencia se basa en la gestión de la información y el conocimiento de una manera única y sofisticada.

Esta gestión de la información incluye tanto un aparato de racionalidad y emocionalidad (podemos reconocer patrones, los podemos intentar anticipar en forma de intuición, pensamos con cabeza, entrañas, corazón, que se dice), y un saber compartir y transmitir información, lo que comúnmente llamamos comunicar, cuyo formato debe incluir un mínimo de lógica lingüística y común entre los que se comunican, unas referencias, códigos y símbolos compartidos, y un hilo que sea coherente. En resumen, nos fascina el formato historia, cuya estructura se pierde en el principio de los tiempos homínidos.

El relato desde una mirada sociológica: discurso, imaginario y poder

Entendiendo las premisas anteriores, podemos comenzar a profundizar en cómo ciertos relatos tienen algo de poder. Una cosa son las historias que nos comunicamos puntualmente con nuestros colegas, y otra bien distinta son los “relatos” que compartimos socialmente.

Como comentaba, cuando nos comunicamos necesitamos tener, además de un idioma común, una serie de códigos y símbolos compartidos, referencias (estos son los componentes culturales de la comunicación). Por ejemplo, si te encontraras con una vecina en la panadería, comienza a hablar y acaba con “que es que ya se sabe cómo están las cosas, mira los políticos, siempre son lo mismo”, más o menos entiendes todo el trasfondo que hay detrás, mientras que si le dijera eso a alguna persona de un pueblo perdido de Papúa-Nueva Guinea (en el hipotético caso de que fuera en la misma lengua), lo mismo el papuano no entendería a qué se refiere con “cosas” (¿a cuáles de todo el mundo y universo se refiere?), ni con “cómo están”, ni que hacen recurrentemente los políticos.

A este tipo de símbolos e información del mundo encadenados que generan relatos comunes y colectivos, en sociología, se le llaman “Relatos” o “metanarrativas”, y la manera en que, en colectivos más reducidos y abiertos o individualmente, se encadenan, se omiten o exageran partes y se tejen con otros hechos y creencias más concretos, resumidamente, le llaman en sociología “Discurso”. En este caso, el Relato común es la de una política corrupta como algo propio del momento contemporáneo en el que vivimos, que afecta la economía y la sociedad, y el discurso de esa señora, compartido pongamos por la gente de la panadería, es que acaba todo cayendo en conformismo, seguramente influenciado por otro Gran Relato que es que “No hay alternativa” al capitalismo (TINA en inglés, real), que esto no se puede cambiar.

Parte de esos Relatos pueden surgir de manera orgánica, también en la época posmoderna (sorry Lyotardistas), pero los regímenes de poder, como el económico, el mediático, o el político, modulan o incluso buscan controlar ni que sea parte del relato, porque está conectado con las visiones del mundo que nos rodea. Algunos referentes que han trabajado este campo son personalidades como Lacan, Foucault o Zizek, entre muchos otros. En resumen, los grandes relatos o metanarrativas que compartimos incluso inconscientemente, tienen que ver con la percepción del mundo que tenemos.

Y evidentemente, existen algunos vinculados con el futuro. Uno de ellos es el de calibre apocalíptico-distópico, relacionado con el “No future” que el punk difundió a partir de los años 1970. Otro se relaciona con el papel que la evolución tecnológica (y económica) tiene como motor de progreso/aceleración, embadurnado de débiles esperanzas de progreso social tangencial

No future
Graffiti atribuido a Banksy
Primera página de imágenes en Google por la palabra “future” (filtrado debido a la aparición de un rapero con el mismo nombre), marzo 2018

Es evidente que son contradictorios entre sí, pero conviven debido a una conflictiva relación con el devenir, basado en el cuestionamiento de las promesas incumplidas, de ciertos tópicos, o la asimetría de logros económicos y científico-técnicos con respecto a la convivencia de desigualdades, y otros tantos retos complejos que hemos ido viendo desde el último siglo. Sin embargo, el futuro es en sí un gran símbolo cultural de lo prometido, de un espacio-tiempo que puede rellenarse de nuevas posibilidades.

Detrás de este gran símbolo que es el futuro existen diversos iconos o pequeños imaginarios con los que, por un lado, asociamos rápidamente con esa idea, pero también se plantean como piezas que forman parte de éste, tales como los viajes en el espacio, los automóviles en sus diversas variantes (voladores, autodirigidos, hiperveloces…), la comida en píldoras, los robots, o las casas automatizadas (domotizadas). Además, estos iconos futuristas que menciono tienen más o igual a cien años de antigüedad, y a pesar de que algunos han sido más o menos alcanzados, siguen siendo sinónimos de lo futurista.

 

La burbuja del futuro

Britney Spears para una campaña de promoción de Sony (1999)

Poco antes de la llegada del nuevo milenio se respiraba toda una emoción colectiva por aquello que representaba el año 2000. Si eres nacido antes del 95, ¿lo recuerdas?

Llegó la mujer del futuro de Neutrex lejía, la estética de la música pop y de los blockbusters se llenó de blancos nucleares, metalizados artificiales y robomascotas. De esto hablé en un artículo sobre Y2K. A la que rebentó la primera burbuja económica, la de las punto com, parte de esos humos se bajaron. El Y2K se acabó en el 2001 o poco antes del primer congreso sobre “Web 2.0” en 2004. No es correlativo directamente, pero tampoco casual. Y luego nos estalló toda la burbuja inmobiliaria y crisis sistémica, pasando por en medio todo un bum de los retrofuturismos, cuya lectura puede ser tanto en clave nostálgica (buscar el maravillamiento por lo que podía venir y por el avance tecnológico), como crítica (en una línea de deconstruccionismos culturales). Esta crisis nos quitó ganas de muchas cosas.

En 2013 algunos organismos internacionales, incluyendo la ONU dieron por finalizada, con matices locales, dieron por finalizada la crisis económica. Se anunció a bombo, y gobiernos como el español se atrevieron a replicarlo al año siguiente. No importaba tanto si era cierto o no (el caso español es flagrante), sino contribuir a cambiar un poco la percepción. Temas como el futuro del trabajo o el futuro de la educación han ido repuntando, y aparecen más títulos mediáticos de series o películas de ciencia-ficción, la mayoría distópicas (Los Juegos del Hambre, 2012 basadas en las novelas, Elysium, 2013), más centradas en criticar nuestra relación con la tecnología en muchas ocasiones sin más, tales como Black Mirror (2011), o Ex Machina (2014) o con tendencia reflexiva o incluso nihilista ‘soft’, tales como El atlas de las nubes (2012), Interstellar (2014), Under the skin (2013) o Arrival (2016). La ciencia-ficción no ha sido nunca más popular, y sobre todo aceptada, que en esta década.


De aquí a un año hacia atrás el futuro ha sido titular en muy diversos medios y eventos (Mobile World Congress, Ouishare Fest, World Economic Forum, eventos varios sobre educación…). Con los avances de la Inteligencia Artificial se ha reactivado el deseo en especular sobre nuevos futuros, vagas promesas de doble filo que por un lado representan una supuesta prosperidad económica, por otro lado la pérdida masiva de trabajos y auge de precariedad y pobreza, y por el otro una suave promesa de poder superar la creencia de TINA: la promesa del postcapitalismo.

 

El futuro ¿qué fue antes, el huevo o la gallina? ¿el relato o la tendencia?

Cuando hablamos de futuro, pues, no sólo nos referimos a un mero momento temporal, sino que viene cargado en nuestras cabezas de diversos símbolos, narrativas y connotaciones que social y culturalmente vamos adquiriendo en nuestra existencia humana, al estar en contacto con la sociedad y con otras personas (especialmente, en nuestra sociedad donde el futuro es una idea bastante o muy elaborada). Es evidente que hay múltiples factores que no podemos controlar y que, así mismo, darán forma al presente del mañana.

Pero sería ingenuo pensar que los humanos, pues, no tenemos ningún tipo de control, o “agencia” en darle forma. Aunque dónde comienza y dónde acaba esa “agencia” sigue en debate, más especialmente en tiempos complejos, cargados de aparentes contradicciones, caos e incertidumbre (lo que Z. Sardar llama tiempos posnormales), cuando también se cuestiona el papel central del ser humano (bienvenidos a la Era post-antropocéntrica, de la filosofía orientada a objetos, algo largo y complicado aun de explicar) en el universo.

Tenemos capacidad, como está claro, de alterar el entorno medio ambiental, y también entornos humanos como los económicos o sociales. Es por ello que la prospectiva existe, y es por ello que el futuro interesa también a quiénes tienen poder. En prospectiva, resumiendo mucho, se encadenan pasos de análisis de los cambios en el entorno, luego se procede a la especulación (estudiar e imaginar probabilidades y posibilidades que esos cambios generan, revertiendo en los mencionados escenarios), y luego se procede a preparar estrategias anticipativas. Así como en un ámbito corporativo el procedimiento de estudiar pero también imaginar y aplicar creatividad es importante para pensar qué pasos ejecutar para modificar o hacer posible unos escenarios de futuro, los imaginarios de futuro que vemos estos días en los días tiene un papel de sugestionar esos posibles escenarios.

La diferencia radica en que nos vemos más desarticuladas y desarticulados en poder cambiar algo, que todo se nos hace cuesta arriba, y los aceptamos también como credos. Los aceptamos porque los anuncian personas e instituciones a las que les damos autoridad y tenemos en nuestras raíces las tradiciones judeocristianas que influencian una visión del futuro similar a la del destino, como comentaba. Situaciones donde se anuncian escenarios posibles por parte de unos interesados como “predicciones” (apoyadas por estudios probabilísticos, eso sí) y donde un conjunto social los acepta como verdades por ser cumplidas, pueden llegar a desembocar en lo que se conoce como profecías autocumplidas. Luego, cuando se cumplen, podemos decir que la predicción era acertada, sin tener en cuenta toda la carnaza al asador (recursos varios) que habían aplicado esos interesados.

Más aun, existe otro margen en el que la imaginación especulativa juega un papel importante. Así como hablábamos de cómo obras de Jules Verne han podido influenciar o inspirar a científicos y tecnólogos a explorar sus ideas, existe un margen de impensabilidad, de lo imposible, que es el terreno donde se encuentran los escenarios de futuros impensables (cuando hablé de los conos de futuro lo abordé un poco más). Sé que suena ahora abstracto, y me gustaría hablar más adelante en esta plataforma de ello, o tratarlo en otro formato, pero lo trataré a la inversa. Del mismo modo que nuestro presente sería impensable para alguien del Neolítico (vehículos subterráneos que van más rápidos que los caballos, extraños cubículos que les pones monedas y te dispensan comida, pongámonos poéticas…), en tanto que sus marcos de realidad y conocimientos se escapaban y diferirían de los nuestros, existe un supuesto espacio de lo impensable pero que algún día podría ser imaginado.

Es decir, hay un enorme espacio para imaginar algo posiblemente nuevo y radicalmente diferente. Pero como es un proceso muy complejo y que se escapa de lo que aquí tratamos, sólo podemos saber que es más fácil recurrir a aquellos imaginarios e ideas que otras y otros han trabajado anteriormente sobre el devenir, tales como escritoras y escritores de ciencia-ficción, diseñadores de atrezzo de películas futuristas, tecnólogos y científicas imaginativos, etcétera.

Del mismo modo que se sabe que Da Vinci se inspiraba en las formas de la naturaleza, también los propios avances tecnocientíficos de la sociedad han ido inspirando a artistas y creativos, tales como la invención de las telecomunicaciones en el siglo XIX inspiraría a Albert Robida a imaginar las videoconferencias e incluso el e-learning en Le Vingtième Siècle. La Vie Elèctrique (1890), entre otras ideas.

futuro
La Vie Elèctrique. Les courses par tèlephonoscope. 1890. Albert Robida

Este año el MIT Technology Review publicaba un estudio de arXiv donde se demostraba que las innovaciones, al igual que ya se cuestionaba con las ideas (y no como propusiera Richard Dawkins), se generan en sus interrelaciones con otras tecnologías y conocimientos previos. (Mathematical models reveals the patterns of how innovation arise). Esto, y en resumen, las ideas, narrativas y el poder de los grandes relatos tiene un importante papel, aunque por suerte no es lo único que configura nuestro futuro. En este sentido, trabajar en especular y darle forma al futuro implica un importante trabajo de información pero también de imaginación, a partes iguales. Y en ello todos somos, de algún modo, partícipes.

 

En Becoming Collective hemos trabajado una nueva metodología creativa para incluir nuevas narrativas más constructivas socialmente en la preparación de escenarios de futuro, así que seguramente trataré estos temas en más de una ocasión! -Y, en el fondo, la anterior y primera Postfutura trató bastante el papel que la ciencia-ficción estaba cumpliendo con todo lo que aquí he expuesto, a día de hoy.

 

Más enlaces para expandir ideas:

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