¿Cómo se crea el futuro? El poder de las historias. Parte 1

Créditos de la imagen de portada: Albert Robida, ca. 1890. Descárgate aquí la primera y segunda partes editadas en un único pdf

Entre 1885 y 1886 se construyó un extraño navío, además muy moderno para entonces (eléctrico) por parte de la Armada Española: se trataba de un vehículo para navegar por debajo del agua, no por encima. El submarino Peral, con nombre que hacía honor a su ingeniero, fue botado en 1888 con éxito, y dado de baja dos años más tarde. Pero en muchas ocasiones se le ha dado parte del crédito en la imaginación, o “ideación”, al escritor de ciencia-ficción Jules Verne, el cual publicó en 1869 la primera parte de Veinte mil leguas de viaje submarino en Le Magasin d’Education et de Recréation, capturando la imaginación de las élites europeas sobre aventuras y tramas extrañas siendo el submarino el espacio principal de la trama, un extraño y aparentemente imposible vehículo. Ahora bien, 10 años antes de su publicación, en 1859, el científico e inventor romántico Narcís Monturiol botó el Ictineu I, el primer submarino de la historia, con ánimo de salvar las vidas de los extractores de coral de la Costa Brava. Aparte que la idea de navegar por debajo del mar y superar el límite de la respiración humana natural ya venía de miles de años atrás.

Jules Verne, sin embargo, suele quedarse parte el mérito de la anticipación. ¿Lo tiene? Del submarino, está claro que no. Pero tiene otros muchos méritos. Dejando de lado otras tantas obras icónicas de la literatura universal que capturaron tantas otras imágenes e iconos básicos de futuro, o tópicos actuales aun, como lo son los viajes y la exploración en el espacio (De la Tierra a la Luna, 1865), tiene el mérito de, justamente, haber imaginado las posibilidades y haber cautivado millones de imaginaciones con ellas, mientras que Peral, y aun menos Monturiol, no: fueron ejecutores, y el primero no tuvo tanto apoyo siquiera institucional, su proyecto fue bastante fracaso en su momento.

Jules Verne tenía dos cosas geniales para ser considerado un brillante proto-prospectivista: leía revistas científicas y se documentaba en torno a los nuevos avances tecnocientíficos del momento, y era un narrativista nato (dramaturgo, novelista, relatista). Sabía escribir muy bien, sabía crear escenarios fantásticos, sabía poner personajes adecuados, sabía navegar entre la verosimilitud y la maravilla, generando escenarios de posibilidades y futuros maravillosos, y lo más importante: creíbles y que enganchaban. Decidme cuántos ingenieros, inventores, o tecnólogas han mencionado en entrevistas a Jules Verne como referente…

Desmontando algunas preconcepciones sobre el futuro

En la cultura tradicional judeocristiana, se nos enseñaba que el futuro era algo pre-escrito o un destino, y a escala individual, predecible (al morir, o te ibas al cielo o al infierno o limbo en función de tu comportamiento en vida). Luego en la escuela nos han enseñado la errónea visión de que la historia es una línea temporal plana de la cual cuelgan etiquetas llamadas hechos históricos, que el tiempo es un devenir constante y que por extensión “está ahí” pero no es fácil de adivinar qué vendrá: sólo se puede observar los acontecimientos que acabarán dando forma a ese entonces presente, y de ahí, bum, quizá si eras muy listo y erudito podrías “predecirlo”. A eso le añadimos un poco de tecnodeterminismo, que acaba de reducir la explicación sociológica e histórica de los acontecimientos en que todo lo importante ocurre a causa de alguna innovación o invención. Y ahí tenemos gran parte de la comprensión de lo que se suele entender como “futuro” a nivel de concepto, resumiendo.

Sin embargo, el futuro está dejándose de describir en singular, para ser descrito en plural: una de las máximas en el campo de la prospectiva es que el futuro es impredicible. Es decir, que un o una prospectivista profesional nunca dirá “predicciones de futuro” (podría servir para descartar estudios serios de la paja). Se describe en plural, como en este artículo sobre su representación gráfica de los conos ya expliqué en tanto que a) el futuro no está escrito y b) se da por la acumulación, suma de factores y efectos de eventos y tendencias que van evolucionando y mutando. Así, rápidamente explicado.

Aun a pesar de este rasgo de incertidumbre implícito en lo que está por venir, es evidente que seguimos tratando de estudiar y calcular el devenir para poder anticiparnos a posibles amenazas o poder gestar mejores futuros (o simplemente, intentar controlarlos a favor de una organización o colectivo reducido, que también)

 

El poder de una historia

Una de las herramientas más poderosas en prospectiva es la de los escenarios de futuro. Un escenario de futuro no es una descripción de una “predicción“. En realidad son un montón de diferentes métodos que redundan en trabajar, normalmente en equipo, cómo diferentes tendencias y sucesos probables y posibles se combinan y generan un atajo de “universo fictício”, relativo con nuestra realidad y presente (es decir, en el sentido que sería coherente, más o menos complejo), mediante técnicas tanto científicas-probabilísticas, así como creativas. Esto, para después usar diversos escenarios resultantes para poder anticipar, después de especular. En el fondo, ya sea usando un método tan clásico como la matriz de dos ejes (o cuatro escenarios) o métodos muy diversos más nuevos, se opera en generar, en cierto modo, historias, narraciones donde se tejen las probabilidades, posibilidades y actores para capturar y entender mejor, prepararse, para posibles eventos.

Las historias tienen poder: una de las máximas en la carrera y profesión de Historia, en historiografía, que entró con fuerza sobre todo a partir de las últimas décadas, es que, al fin y al cabo, los sucesos del pasado son imposibles de entender y capturar por completo. Esto se debe a diversas cosas: una de ellas es que en el pasado no escribíamos tanto ni documentábamos. Ya fuera porque no todo el mundo sabía escribir, solían ser las élites de varios siglos hacia atrás. Otro factor importante es que no todos los documentos ni artefactos del pasado nos llegan a nuestros tiempos. En conjunto, sólo nos llegan unos pocos relatos y algunos artefactos que ayudan a contrastar esos relatos. Ya sabéis aquello de “la historia la escriben los vencedores”, un poco va por ahí el asunto.

Luego, en las últimas décadas ya no se habla de Historia, en singular, sino historias en plural, pues se está tratando de capturar y comprender los modos de vida de minorías (por ejemplo, de las mujeres) o de los que simplemente no aparecían (los plebeyos, los campesinos…). Pero al fin y al cabo, hasta el trabajo de un historiador acaba siendo bastante descriptivo, y, la verdad, no es ningún secreto que se aprecien aquellos y aquellas profesionales que saben escribir muy bien. Es decir, nunca ha tenido misterio el porqué en nuestra cultura la descripción del pasado y los relatos han tenido como sinónimo la palabra Historia. La Antigua Grecia sabía el poder que tenían las Historias. Y lo diré aquí: no es ningún misterio el porqué hay algunos y algunas historiadoras que trabajan en torno a la política y se alejan de la práctica científica: tener autoridad en poder contar el devenir te dota de cierto poder en dar forma a las identidades.

Las historias tienen poder. De ahí que escribiera hace unos meses sobre algo que me preocupaba sobre lo que contamos del futuro en los medios. Y repetimos esas historias sobre supuestas “predicciones” mucho, sin pestañear. La imaginación que se precisa para pensar lo impensable es un ingrediente clave para inventar, ya sea un nuevo cachivache o ya sea una solución a algún problema complejo. La imaginación de lo impensable, muy abstracta, si bien canalizada, es sorprendente y nos cautiva o nos genera miedo.

Y aquí es donde la cosa se complica, se pone interesante, y se podrá explicar cómo se originan los futuros.

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