Tres tópicos sobre el futuro un poco anticuados

Existen diversos tópicos que repetimos sobre el futuro. Aparentemente, es una idea muy simple: es el momento que aun no ha sucedido pero sucederá, esa es su naturaleza. El futuro está de nuevo de moda. Se menciona en conferencias, en noticiarios, en exposiciones, en mítines políticos. Y hay, entre otros topicazos, tres que se repiten especialmente. Sin embargo, se cuestiona que el futuro sea eso que todas y todos pensamos.

 

El futuro es un lugar al que vamos

Durante décadas se ha visionado el futuro como un lugar al que vamos. Esta es una frase, con sus muy diversas variantes (tipo “nos dirigimos hacia un futuro terrible/brillante”), que se suelta en muchas ocasiones sin miramientos, por costumbre, o podríamos decir casi como un ritual, y merece la pena destriparla porque está extremadamente asentada en ideas importantes, cristalizadas en nuestras cabezas y dadas como válidas: tal como indica, parte de la idea de que de futuro sólo hay uno, es un espacio, al que colectivamente nos dirigimos inevitablemente.

Más allá de la obviedad, éste tópico se fundamenta en dos ideas capitales de nuestras culturas occidentales. La primera es la utopía como lugar que no existe pero, tal como se planteó hace dos siglos, podía alcanzarse con una buena planificación y acumulación de recursos varios. La segunda idea es una extensión de otro gran tópico sobre el futuro que explicaré algo más adelante, el futuro como destino irrevocable, o bien como horizonte que, con el impulso dado por el progreso, inevitablemente llegaremos.

Como explicaba en uno de los primeros artículos de este espacio, Cuando inventamos el futuro, el ideal del futuro emergió en el siglo XIX como una extensión o evolución de la utopía. En su origen, no se planteaba como una meta social alcanzable, sino que la literatura utópica tenía otros propósitos. En cambio, hacia el siglo XVIII y XIX, mientras las revoluciones modernas se iban sucediendo (la Ilustración, las revoluciones políticas, la de la ciencia…), ésto cambió, y se planteó la posibilidad, sino urgencia, de experimentar y construir utopías: de ideas a realidades. Así pues, con la Revolución Industrial y el arraigamiento de la sociedad tecnocientífica, no es de extrañar que se volcará en el futuro este entonces nuevo paradigma. Con el esfuerzo colectivo, mayores beneficios podían alcanzarse al cabo de un tiempo.

 

El futuro ya está escrito

Otro de los grandes tópicos, aunque por suerte bastante cuestionado, es el de entender el futuro como un destino inevitable. Por todo el mundo es conocido que antes de la Modernidad, el futuro en la Edad Media, por ejemplo, se fijaba en un escenario inevitable y escrito literalmente: el Apocalipsis. En la Antigua Grecia, se creía que unos entes de calibre divino o místico, las moiras, predefenían el destino de cada individuo. Y aunque la sociedad hoy en día es más diversificada, si no atea y escéptica, esta idea del devenir como predefinido sigue ahí.

La versión contemporánea se llama Singularidad/Ley de Moore. Un destino que tal como apuntan cálculos estadísticos, estudios académicos e informes corporativos, se confirma más o menos. Trasciende lo meramente tecnológico puesto que congrega lo biológico, la sociedad y se adhiere a todas las fuerzas humanas. Se considera a escala popular y hoy en día una ley, una verdad: nuestro destino inescapable se define por el progreso tecnológico, que ya ha “contaminado” lo social, lo político y económico y ha mutado el progreso (velocidad continua) en aceleración (velocidad exponencial).

Extensa literatura, tanto de la ciencia-ficción (y películas y series, como Star Trek) como de no-ficción han asumido que el progreso, sobre todo tecnocientífico, es inevitable para cualquier ser inteligente. Ahí estaría, por ejemplo la escala de Kardashov, que se fundamenta en clasificar hipotéticamente las civilizaciones en función de su capacidad tecnológica para capturar y transformar la energía, la base de cualquier producción económica posible. Así pues, se dice que estamos cerca de alcanzar el primer tipo de civilización (estaríamos en la 0).

 

Proyección hipotética del progreso tecnológico bajo Escala Kardashov. Fuente: Wikimedia

 

Dejando de lado posibilidades muy improbables que truncasen esta evolución, como un cataclismo natural, o menos improbables, como el colapso de la civilización, aun así, el progreso no es natural. La idea del progreso se ha construido durante un par de siglos en base a datos más sesgados, en busca más de la confirmación que de otra cosa, o limitados por el propio conocimiento, y ha pasado de teoría (conocimiento) a creencia (va, lo digo, superstición). Un estudio minucioso de las tendencias junto a contratendencias, tensiones culturales dadas a lo largo del último milenio, los avances tecnológicos en contraposición a las transformaciones sociales y culturales. Por ejemplo, el resurgimiento de la extrema derecha cuando dábamos por imposible que resurgiera después de las guerras mundiales, o la invención de la máquina de vapor y las puertas mecánicas hace dos milenos, por poner, nos echarían por el suelo esta creencia. Pero para comenzar, recomiendo encarecidamente este artículo (en inglés) de Joel Mokyr en The Atlantic: Progress Isn’t Natural. Humans invented it -and not that long ago.

Meme en el que aparece Walt Disney con un robot. Fuente: Paleofuture

 

El futuro ya está aquí

Hay una frase fantástica que ilustra los movimientos de las tendencias, que el escritor William Gibson lanzó hace unos años: “El futuro ya está aquí, sólo que no uniformemente distribuido”. Sin embargo, esta frase se ha recortado hasta la coma y se ha usado y abusado en presentacions o keynotes de nuevas tecnologías, de nuevo en los medios, en conferencias y congresos que mínimamente se relacionen con lo digital. Está casi hasta en la sopa.

Parece una frase muy motivadora. Nos viene a decir que tras muchos años de que el futuro pareciera exclusivamente oscuro, muchos anhelos soñados como una mayor comodidad, la domótica, comunicaciones en grandes distancias a tiempo real y a gran calidad, o implantes bajo la piel, ya son una realidad. Eso que era el futuro, algunos han conseguido que sea una realidad palpable, y en nada se supone que hasta normalidad para muchos, como fueron los viajes espaciales, los móviles, o los ordenadores del tamaño de un bolsillo.

Pero esta frase en el fondo guarda una trampa. Va de la mano con la idea de que el futuro se agotó (“No future” a lo Sex Pistols), a pesar de la contradicción que suscite que se diga en un sentido contrario. Ese futuro ha llegado. Robots, casas domotizadas, viajes espaciales, trabajar menos y ser más prósperos, mayor comodidad en una nube de cachivaches suaves, son ideas que aunque las reciclemos, las actualizemos a las nuevas tendencias estéticas, tienen como un siglo de antigüedad, sin ir más lejos. Este futuro ha llegado y va llegando, pero nos quedamos sin ideas que respondan a no sólo nuevas necesidades individuales (de eso estamos servidos), sino a las nuevas configuraciones sociales y emergencias, y creencias o prácticas emergentes.

Además, déjame hacer un poco de broma mala: es una obviedad que el día de mañana será presente y luego pasado.

 

¿Qué pegas tienen estos tópicos sobre el futuro?

Estas creencias y topicazos arraigados están genial para una TED Talk o para un titular explosivo, pero la repetición de una idea ayuda a cristalizarla y normalizarla, y la normalización se convierte en creencia generalizada.

El futuro, en otros ámbitos (como la prospectiva profesional, o el diseño) de los que poco a poco voy hablando en este espacio, hace tiempo dejó de entenderse como un solo horizonte, preescrito, ya sea por una inteligencia superior o divinidad o fuerza invisible. Como explicaba con más detalle, se entiende que el futuro es un horizonte temporal. Un horizonte que se amplía más y más a medida que se aleja del presente, o nuestro punto de vista. Es decir, tiene forma de cono, y se incluyen futuros probables, futuros plausibles y deseables (que incluye aquellos que en principio no son tan probables pero podrían pasar a la que hubiera un cambio moderado), y otros futuros posibles (que son bastante improbables). En función de nuestras acciones e inacciones, y muchos factores, un futuro probable puede perder su probabilidad y uno impensado puede tornarse realidad. Si te interesa ampliar este aspecto, encontrarás más información en el artículo De futuro singular a futuros en plural: los conos

Por otro lado, aceptar que el futuro es un lugar al que se va es aceptar que no tenemos una gran capacidad de cambiarlo, que somos pasajeros de un tren, ocasionalmente maquinistas, pero no ingenieros. Cuando, al fin y al cabo, otra idea que se avanzó es la de que el futuro no existe, sino que es un horizonte de posibilidades, de resultados y de eventos, que, en todo caso, queda en manos de pocos, o incluso de nadie, más que de unas fuerzas invisibles que dirigen todas las tendencias hacia un destino único.

Estas ideas se van desbancando, en parte por la necesidad de considerar nuevas estrategias ante unos tiempos más inciertos. Para el Centre for Postnormal Policies and Futures Studies, liderado por Ziauddin Sardar, y otros prospectivistas profesionales (que no futuristas tecnológicos), se añade la perspectiva de que el futuro es imposible de predecir, a pesar de los avances en estadística, inteligencia competitiva o Big Data, sobre todo por la imposibilidad de calcular eventos extraños o implausibles, también conocidos como cisnes negros, así como la extensa dificultad de capturar en cifras o datos el complejísimo funcionamiento de las tendencias sociales, su interrelación entre ellas, y con otros factores ambientales.

Estamos en un punto en el que la idea del futuro como lugar y como destino inevitable está siendo substituido, y se precisa, por la idea de horizontes de posibilidades que pueden ser probables: con esfuerzo, con apuesta o desestimación de las propuestas que los grandes actores nos hacen (votando, consumiendo menos, actuando…) y factores bien alineados (como si fueran planetas).

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