Utopías del siglo XXI

Notas para desmontar, más que deconstruir, la idea de utopía como algo obsolet(izad)o, si no (in)útil, para el siglo XXI

Tratar con posibilidades positivas u óptimas es vital para trabajar con lo futurible. Visitarlas, es clave para entender la esencia de los anhelos y expectativas de una época, en la cual se construye. Las visiones de lo posible positivo u óptimo suele relacionarse con las utopías. Tratar las utopías en este siglo, es otro asunto, de otro costal. En esta década y en este siglo, vivimos en un momento en el que asociamos al futuro, el espacio imaginario al cual redujimos siglos atrás a la utopía [aquí es donde recomendaría volver a leer el artículoCuando inventamos el futuro [Breve Historia del futuro]], con la distopía, o con presentes retrofuturistas estéticamente actualizados. Es esta la tesis sobre la que trabajar, y desde la que prospectivistas e investigadoras sociales y culturales de diferentes espectros han ido lanzando alertas sobre la falta de nuevas visiones anticipativas que marquen un rumbo.

 

El estado de las utopías (y de la percepción del futuro) hoy en día, siglo XXI

Repasando la historia del futuro en este momento que llamaríamos “Capitalismo tardío”, es decir, de los años 60 en adelante, se ha caracterizado en mirar hacia adelante, alimentado por dos importantes fuerzas en la que diversos autores y sociólogos (p.e. Fredric Jameson, S. Zizek, F. Berardi…) suelen coincidir:

  • Ya no se cree en un modelo utópico que sustituya y mejore a la sociedad actual. Las revoluciones de los años 60 trataron de impulsar algunos cambios con algunas ideas muy sugerentes, y desde la práctica artística han dado algunas iniciativas para generar nuevas miradas. Con la caída de la URSS se perdió una esperanza de ver alternativas al modelo capitalista. No era nada perfecta como modelo político y social, pero como algún tipo de representante contestario al bloque occidental, para algunos activistas, pensadores y personas en general representaba la capacidad de generar modelos diferentes. Margaret Thatcher, baluarte del bloque occidental, sentenció “There Is No Alternative” ante ese momento de caída a finales de los 80 y principios de los años 90. A esta consigna también se le llama TINA e ilustra perfectamente hacia donde se canalizan las (des)esperanzas sobre el futuro
  • La distopía es sin duda uno de los géneros más icónicos de esta época, junto al apocalíptico y al post-apocalíptico. La desconfianza hacia la tecnología y sobre todo el progreso, un mayor conocimiento de la nueva sociedad que emergía, los cambios políticos (el inicio de la degradación de los derechos laborales y sociales con gobiernos neoliberales, por ejemplo) y el fenómeno de conciencia sobre el impacto humano en el medio ambiente destacan como algunos disparadores de estos géneros. En el fondo responden al clima del punto anterior.
  • Al punto anterior hay que añadirle un factor de mayor interés en los géneros de ciencia-ficción, progresivamente creciente, en las culturas de consumo, y de los nuevos medios. Hoy en día ya no es un género considerado inferior: sus escritores ocupan puestos en importantes eventos de literatura (p.e. para no ir muy lejos, Kosmópolis en Barcelona, entre otros), y los y las críticos literarios ya no le hacen (tantos) ascos

Llegamos a nuestro siglo, y la mirada sobre el futuro (como “espacio” destinatario al que arrojar una función de transformación social) se suele definir por una gran desconfianza, alimentada por una creciente complejidad fruto de la globalización y los efectos del cambio climático, además. En paralelo, la nostalgia ha tenido un papelazo cultural desde hace poca más de diez años, se ha erigido como gran contrafuerza sobre el futuro como símbolo. Y por en medio han tomado fuerza quimeras como los retrofuturismos.

Sin embargo, decir que las utopías han desaparecido por completo del imaginario popular e incluso académico es algo muy, muy erróneo. Aunque también depende de qué entendemos por “utopía”. Si entendemos “utopía” como un escenario estético, imaginario, de una sociedad o ciudad bonita, donde todo el mundo aparentemente acaba siendo feliz y cooperativo o libre, entran entonces en ese cajón muchas propuestas y obras, y se aleja canónicamente de lo que fuera como género filosófico y abstracto: lo utópico es político. La utopía hace propuestas sobre una sociedad concreta y real, como mejora, progreso o, simplemente, transformación de la coetánea al autor. Por ello, no necesariamente debe ser estéticamente idílica a ojos de muchos

Para Frederic Jameson, alguien que ha estudiado con minuciosa crítica posmodernista los enlaces entre utopía y ciencia-ficción, considera que la primera es “una cuestión política” en muy diversos sentidos. Se puede distinguir, por un lado, entre el deseo utópico (“impulso detectable en la vida cotidiana…”), y el texto utópico (el género en sí, o el programa), desde el que se teoriza la propuesta , o, para él, se lleva a la práctica (generalizando mucho, su trabajo es muy, muy extenso y complejo). Pero esto se ha ido rompiendo en las últimas décadas desde nuevas prácticas culturales, como intentaré anotar en esta pieza.

En cierto modo, las ideologías persiguen, o sobre todo se inspiran en mayor o menor intensidad, por propuestas y pulsos utópicos, en el sentido que opera desde una perspectiva. Pero sobre todo, podría distinguirse de lo utópico en generar propuestas alternativas, no complementarias o extensivas, a las de la sociedad “real”.

Así pues, podemos tener una lectura de “semi-utopías”, que el mismo Jameson clasifica también como “liberales”, que son aquellas que no buscan ninguna transformación, disrupción de la sociedad. Ni siquiera proponen un modelo alternativo, pero sí están vestidas de positivismo, de renovación, de lavado de cara superficial. Son esas propuestas que nos ofrecen de futuro, por ejemplo, en la que se nos presenta la sociedad actual pero con más tecnología, más comodidad, más consumo, más velocidad, más inteligencia, más y mejor de todo. Sin embargo, es evidente que no existe ninguna crítica o proposición revolucionaria directa o que se pueda extraer, como pudiera hacerse de textos clásicos como, por ejemplo, del fundacional “Utopia” de Thomas More (1516), o las propuestas arquitectónicas de los falangsterios del siglo XIX.

Si miramos, pues, con estos parámetros, podemos trazar que la gran última utopía fue, sin duda alguna, aquella que segmentada se trazó en la cibercultura de los 80 y los 90, que tanto ha influenciado a nuestra cultura y algunas expectativas puestas sobre Internet y las TIC.

 

La ciberutopía de los 90

Mondo 2000 Issue 12 Summer 1994 Rear Cover Advertisement CyberMind Virtual Reality Center

A diferencia de otros momentos en la Historia moderna, la utopía ciber no estaba plasmada por un texto, ni siquiera por  un único manifiesto. No estaba encabezado por un pensador, un escritor, o una activista. Ni siquiera por un conjunto de obras fácilmente localizables como pudiera pasar con el socialismo utópico (siglo XIX). La ciberutopía en realidad estuvo marcada en un primer momento por movimientos subculturales como la de los yippies (que no hippies, aunque éstos aportaron una notable influencia también), de los primeros movimientos hacker (B. Sterling, 1992), de la expectación en torno al Whole Earth Catalogue (la “Biblia” de Steve Jobs), así como por la obra de M. McLuhan, y de movimientos anarquistas así como libertarianos, y más adelante por el Transhumanismo. Ahora bien, si tuviéramos que comenzar por algún lado, sería por la revista Mondo 2000 (décadas 1980-1990).

Portada Mondo 2000 #4, 1991

En su visión, nos encontramos nos habla de la liberación mediante las nuevas tecnologías por prosperar del individuo, y la independencia de los gobiernos. De la mutación del ser humano hacia horizontes hasta entonces infranqueables por la ciencia o la moralidad clásica. El sueño pudiera plasmarse en mundos virtuales en los cuales no hubiera ningún límite, y las categorías sociales quedaran totalmente obsoletas. De manera más segmentada, quedaba el debate acerca de la individualidad, mientras las comunidades mostraban una fuerza creativa y productiva (la cultura P2P, las comunidades de software libre, etcétera), o del punto de partida. Todo quedaba centrado en torno a las capacidades hiperprometedoras que las tecnologías podían aportar a una nueva (post)humanidad.

 

 

Aquí llega algo que podría parecer un dilema pero es más bien signo de cambio de tiempos, y al que no me convence que el término “posmodernidad” sirva para explicar este suceso (pero si se quiere, encajonarlo ahí): en esta utopía, llamada la “última gran utopía”, en realidad ha sido construida a base de fragmentos de ideales, deseos, y reflejos de temores sobre la sociedad actual, que en cualquier otro caso de la Historia de las utopías no se habría visto (como idea que podría seguirse y rastrearse a lo largo de textos, materiales y sucesos en nuestros pasados colectivos). Hasta entonces, como de nuevo indicaría Fredric Jameson, eran pensadores (mayoritariamente hombres blancos) que en su soledad creativa y reflexiva formaban propuestas y textos utópicos. Igual que se ha ido desplazando el ideal del genio individualista, el artista brillante solitario, hacia la inteligencia colectiva, el “escenio” de Brian Eno, donde se desvela que la cultura ergo el ingenio y la inspiración son situacionales y contextuales a la cultura del y las creadores, pues este cambio de paradigma impacta en lo utópico.

Al fin y al cabo, podría decirse que en torno a las ciberutopías han coexistido otras miradas utópicas más concretas, y en su sino, igualmente, han existido tensiones y contradicciones latentes, tales como la marcada influencia del cyberpunk. Éste género, más clasificable como distópico en un sentido de que remarcaba las inercias y fuerzas a los que se arrojaba las sociedades occidentales, sin clara visión, hacia unos futuros cercanos y de media distancia, en ocasiones ha tenido lecturas de utopía para algunos (mostrando, por ejemplo, sociedades imperfectas pero donde el individuo podría tener la divina capacidad de automejorarse hacia el camino posthumano). Esta tensión ideológica y dialéctica se ha vomitado sin orden en la ciberutopía, de ahí que no hubiera, en el fondo, un claro programa nunca, más allá de otras corrientes incrustadas en el ciberutopismo que aprovecharan el momento, como fuere el Transhumanismo aka Posthumanismo especulativo (F. J. Pérez).

Así pues, propondría una hipotesis de examinar la ciberutopía cómo la última utopía para el siglo XXI.

 

Micro-utopías

Nuestro contexto social se marca por ser líquido (Bauman), ininteligible en su conjunto y nuestro presente hasta el punto que nos parece VUCA (acrónimo de Volátil-(U)Incierto-Complejo-Ambiguo) o Postnormal (Z. Sardar, momento marcado por la ruptura contínua de las normalidades provocando sentirnos en constante necesidad de renovación-o-muerte (estado de beta permanente). Las narrativas y discursos que tratan de articular y darle algún sentido a este caos, o bien dirigirlo hacia otros fines, dar forma a otras realidades, se construyen bajo estos paradigmas de fluidez, rápida adaptación y experimentación entre una miríada de canales, de plataformas, de medios y formatos. Las mismas narrativas, los mismos experimentos, comienzan a tener una sensación de ser fragmentarios y no-lineares.

Estas impresiones y paradigmas que van caracterizando el zeitgeist o espíritu cultural y socialdel siglo XXI encajan con la manera en la que comienzan a gestarse las acciones y programas políticos, incluyendo así el papel de la utopía en esta época. Guattari, Deleuze o Foucault, tres grandes pensadores de la escuela francesa, dieron lugar a una nueva visión del concepto “Micropolíticas”, para describir cómo las acciones que impactan en la sociedad pueden y deben ser entendidas también desde este ángulo. Indican, además, que micropolítica no tiene tanto que ver con el tamaño o la escala, sino con la proporción de la entidad (es decir, una organización, un grupo de personas, una institución, un amasijo de tuiteros…) con respecto al sistema o las entidades políticas superiores.

Debido a esto, añaden, se puede explicar cómo los fascismos tuvieron éxito en su adopción, gracias a “moléculas” políticas que actuaban como agentes y actores de cambio (hacia esas visiones perversas de sociedad), cosa que podemos hoy volver a observar con el auge de la alt-right (Angela Nagle (2017) Muerte a los normies) y realidades ultra-derecha. O se puede explicar porqué las revoluciones del 68 no tuvieron en cuenta esta complejidad de lo macro y lo micro, y sólo se centraron en lo micro y en sus marcos mentales basadas en describir el mundo en base a dualidades (tan típico de las izquierdas y la academia clásica). Dicho de otro modo, en un mundo con un hipersistema global relleno de sistemas locales, la granularidad y cierto índice de descentralización (a pesar de su contradicción con la tendencia a la re-centralización que se ve con las TIC) es clave para entender cómo puede operar el cambio y la transformación en teoría.

De aquí que se distinga pues ya no hablar de utopías, conectando con el apartado anterior: en un escenario donde nos cuesta proyectar un nuevo modelo de sistema +360º, tan complejo, partiendo del actual, no sabemos proyectar utopías. Quizá la imagen y el método utópico, como decía, se ha quedado totalmente desfasado. En cambio, podemos ver cómo existen múltiples esfuerzos de generar propuestas y micro-realidades políticas, sociales, culturales sobre temas muy concretos, específicos y que tocan más o menos lo cotidiano. Pero, sobre todo, buscan transformar un espacio social o escapar partiendo de la sociedad en la que se (nos) encuentra. Por ejemplo, aquí incluiría las propuestas de algunas economías colaborativas, sobre todo en su variedad del modelo procomún.

El crítico de arte N. Borriaud (1998) proponía para ciertos tipos de trabajos artísticos, en los que la participación del o la espectadora eran fundamentales, ya sea desde un ángulo de percepción, o directamente de co-crearlo, buscando una nueva reconceptualización de deseos o necesidades sociales. La peculiaridad de esta noción de microutopías, a diferencia de las clásicas y ortodoxas utopías, es que, definitivamente, se necesita construir desde lo colectivo y la inteligencia grupal, en contraste con respecto al utopista que proyectaba y diseñaba su propuesta imaginaria y política en soledad (independientemente que luego otras y otros acogiesen sus ideas). Esto podría ser un marcador de un cambio de maneras de proyectar el pensamiento político imaginario tan necesario para cualquier tipo de previa intervención y transformación.

Estas corrientes artísticas basadas en la “intervención” y la performatividad colectiva, que emergieron en  torno a los años 70, no por casualidad coinciden en el tiempo con la emergencia del diseño crítico y el diseño especulativo, ni es casual que en los últimos años el trabajo del etnógrafo ha buscado una mayor interacción y participación para intervenir en la sociedad, o que en el mismo diseño, o en procesos incluso más corporativos se esté introduciendo las prácticas y métodos de la etnografía y el diseño. Es tal la complejidad y sensación de caos en la que vivimos, sin poder tener claro el mapa del mundo en el que vivimos (Toscano (2015). Cartographies of the Absolute) que los métodos heurísticos y el trabajo concretizado con objetivos comunes y precisos en grupo son necesarios para poder actuar de alguna manera. Por ende, es posible que la manera de proyectar escenarios deba aprender a hacerse de nuevas maneras, ya que, por el momento, imaginar un nuevo “total” se compromete como una tarea titánicamente imposible por tantos motivos y factores.

guifinet
Guifi.net como ejemplo que propondría de microutopía

 

Disclaimer: aquí haría una distinción entre dos modelos microutópicos. En cierto modo, cuando se habla de utopía, como indicaba al inicio, se suele entender en el imaginario masivo como imagen de “sociedad ideal y perfecta”. Además, vemos que gran parte de algunos deseos y visiones de futuro son gestionadas desde, por y para grandes corporaciones que innovan productos que luego “deben” responder nuevas necesidades sometidas al ideal liberal de una mayor comodidad como signo de progreso.

  • Utopías-micro paquetizadas capitalistas: me gustaría definirlas como plugins y widgets del presente, extensiones y respuestas a nichos sociales, de consumo, a esos “micro-momentos” de Google. Buscan actuar con futuros cercanos (no más allá de 10 años), donde la sociedad en el fondo, matizada y simplificada por filtros de mucho brillo, sigue siendo igual, capitalista. En este sentido, apuntaría aquí a la idea del prospectivista Scott Smith, de Changeist, sobre los flat-pack futures, esos escenarios que las empresas tecnológicas suelen proyectar del futuro (en los que, evidentemente, sus productos son la Gran Respuesta)
  • Microutopías-semilla de cambio: experimentación y ensayo. Sin extenderme más, las que describía hasta esta nota.

 

Smart City HEMAV

Post-15-M: lo que nos une no son los problemas y retos, sino los objetivos y escenarios comunes

“Se ha vuelto más fácil imaginar el fin del mundo, que el fin del capitalismo” Frederic Jameson

Partiendo de todo esto, me gustaría proponer la experimentación desde estos nuevos paradigmas la manera en la que, en este caso concreto, se focaliza la creación de estrategias para el cambio y la transición hacia escenarios más óptimos. Partiendo de que estamos 1. inmersos en un hipersistema en los que hay a su vez grandes sistemas sociopolíticos glocales, y que no existe estabilidad aparente en cada vez más aspectos humanos (y medio ambientales), y 2. la utopía como teoría y método está quedándose obsoleta; propondría una nueva manera de enfocar el trabajo activista, así como el de futuros: orientado a operar desde la diversidad de posibilidades, probabilidades pero, sobre todo, marcando un fuerte énfasis en aquellos futuros deseables que más nos excitan.

Así como Guattari y Deleuze criticaban de las revoluciones del 68 (especialmente las que más le pertocaron, las de los estudiantes franceses) no haber comprendido el mapa de su mundo de entonces, compuesto por un sistema mayor y por moléculas más pequeñas, por macro y microtendencias, de los movimientos Occupy, 15-M y Primaveras Árabes se puede comentar que parte de este aprendizaje se asumió, pero por el contrario se absorbió este sentir del capitalismo tardío sobre el devenir, el TINA que anulaba la esperanza en nuevos modelos sociales, junto con una crisis sistémica que impactaba negativamente por igual a personas de distintos signos y colores.

El sueño de estar unidos “todas las razas, todas las edades, todas las banderas” en torno a un mismo problema, pudo más que plantear que, aunque se parta de un mismo problema, co-existen distintas proyecciones de modelos ideales o deseables de sociedades y futuros. Por ende, esto implicó una pluralidad no sólo de quehaceres, sino de tácticas y caminos que, hoy en día, vemos como han acabado siendo antagónicos entre sí en los planos micropolíticos (neoliberales coexistiendo con anarquistas, con independentistas, con…) y macropolíticos (visiones pro-descentralizadas vs confluyentes con el modelo político de partidos, etcétera). Por suerte, introdujeron y aceleraron cambios culturales positivos.

Un cambio en este sentido podría ser asumir que la universalidad de soluciones no sólo es imposible (más en un mundo ahora mismo globalizado y sometido a las inclemencias de un motor macroeconómico y político voraz, y un cambio climático planetario desbocado) sino otra de esas ideas de la Modernidad colonialistas (porque implica, para su consecución, la imposición de la homogeneización en algún momento), y operar en torno a visiones que unan. En este sentido, podríamos decir que lo más similar a este paradigma sería el Aceleracionismo de izquierdas (Nick Srnicek & Alex Williams entre otras), que permite enclustar diferentes microutopías alineadas sobre un ideal post-capitalista.

 

Bibliografía

  • M. Dery (1998). Velocidad de escape: la cibercultura en el final del siglo. Ed. Siruela
  • F. Jameson (2005). Arqueologías del futuro. El deseo llamado utopía y otras aproximaciones de ciencia ficción
  • R. Blanes et al. (2016). Micro-utopias: anthropological perspectives on art, relationality and creativity. https://journals.openedition.org/cadernosaa/1017
  • F. Guattari, G. Deleuze (1980). Mil mesetas. Capítulo 9.

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