9 principios para pensar el futuro que usamos en Postfuturear®

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Trabajar con el largo plazo en contextos como el actual puede parecer una ilusión o una acción que sobre. El corto plazo se presenta como aquello más accesible y lo único confiable. Y lo que lo sucede, o sea, el medio-largo plazo, lo gestionamos como una sucesión de escenas de cortos plazos, es decir, los vamos gestionando a medida que resolvemos uno tras otro. Pero eso nos deja en una trampa de bucles, no solo de “ruedas de hamster”, sino perder el hilo de qué sucede en el entorno y de darle sentido. Por ello, el largo plazo también lo necesitamos entender como una escala, no como un tiempo fijo y acotado tipo “de 3 años a 10 años vista” por ejemplo.

Hacia atrás también hay largos plazos, el pasado nos puede informar de tendencias que no son, quizás, sinónimo de novedoso, emergente, u oportunidad, pero sí de las características del tiempo que ahora vivimos. Ejemplos de tendencias o procesos de largo plazo pueden ser la digitalización y la automatización, la emergencia climática, la lucha por la equidad a pesar del género u otras diferencias realmente irrelevantes pero de las que arrastramos, en un largo plazo más profundo, extremas desigualdades por contra…

Ejemplos de procesos y elementos que siempre pesan, también, son la dependencia en la Energía, en los recursos, en las transacciones, la producción…

Todas esas cosas nos pueden informar de características más que potenciales, o incluso probables, en distintos posibles futuros.

 

Para trabajar sobre el medio y largo plazo futurible, ya sea para evaluar hacia dónde se dirigen distintas tendencias relevantes en un sector, o bien para situar qué tipo de futuros deseamos, o incluso también trazar qué acciones e intervenciones estratégicas queremos introducir para optimizar resultados en ese futuro algo más lejano (como podría ser, perfectamente, 3 años vista, como también con sus diferencias metodológicas), necesitamos algo más que la intuición.

La intuición se basa, al final, en concepciones, prejuicios y también conocimientos que hemos naturalizado. Puede ser una herramienta cognitiva que nos dote de agilidad, o bien nos entorpezca. Y el tiempo social (la Historia y lo futurible), pueden ser, por contra, “países extraños”, no tan intuitivos. Por tanto, necesitamos un set de conceptos para pensar en lo futurible de manera más ágil.

Proponemos estos principios muy inspirados en Estudios de Futuros (por ejemplo los principios de Dator), pero también en las Ciencias Sociales, el Systems Thinking, y la estrategia. Son por ahora de uso interno y nos funcionan para reflexionar, y creemos que pueden servir a otras personas. También los hemos compartido en formaciones y en talleres, así que a algunas de vosotras quizás os suenen bastante.

 

9 principios (de varios más) para trabajar hacia lo futurible

  • El futuro no existe por definición, en diferentes sentidos. Uno de esos sentidos: no hay evidencias de algo que todavía no ha ocurrido, solo de lo que *esperamos* o *Creemos* que va a generar algún tipo de consecuencia. Otro sentido: diferentes disciplinas científicas apuntan a que el mundo es indeterminista, complejo, y no pinta que haya un destino fijado y ya prefigurado, sino múltiples posibilidades

 

  • Por ello, es necesario trabajar en clave de múltiples escenarios, diferenciados. Apostar todas las naranjas en un único cesto en un mundo que se demuestra constantemente difícil de predecir en su magnitud (no solo en áreas hiper-específicas de la economía, por ejemplo) es una temeridad poco práctica

 

  • La única manera que tenemos de relacionarnos con lo futurible o lo potencial, aparte de un buen conocimiento de lo conocible (información de tendencias y procesos que evolucionan…) es a través de modelos y de narrativas potencialmente creíbles, y a través de las acciones que dejan un impacto real. Al final esto va de actuar, y estudiar hacia dónde enfocarnos, dónde ubicar nuestras energías, esperanzas y recursos

 

  • Los seres humanos tenemos agencia, y podemos crear objetos que actúan sobre sistemas sociales. Aquí la “agencia” la entendemos como la capacidad de actuar sobre otras cosas. Y, además, tenemos voluntad, capacidad de pensar sobre posibilidades y decidir en base a nuestros criterios. ¡Incluso podemos decidir qué criterios nos sirven! Por tanto, tenemos la capacidad de intervenir y dar forma parcialmente a nuestro mundo

 

  • Pero no podemos tener el control sobre todísimas las cosas que actúan unas sobre otras, sobre cada aleteo de mariposa. Por ejemplo, la emergencia climática siempre ha sido un subproducto de decisiones y acciones cuya voluntad y misión no tenían relación con lo que ha generado. Por tanto, el futuro entendido como “sociedad posible del futuro” o escenario macro y global, no se puede diseñar a escala ingenieril ni construir con total precisión. Necesitamos superar el viejísimo paradigma del super-control para dar paso al paradigma de la intervención y el condicionamiento, el cultivo en vez de la super-gestión, de la colaboración

 

  • Por tanto, la audacia, el pensamiento complejo con criterios entrenados y el pensamiento estratégico son nuestra mejor herramienta, la que antecede a las demás herramientas. Y, por tanto, trabajar en analizar lo futurible o potencial (“pensar el futuro”) es una forma de detectar la direccionalidad que necesitaremos, de acotar, de cerrar el foco. Y todo eso a la vez que lo despegaremos de las ideas prefiguradas que tenemos sobre lo plausible pero no necesariamente posible (es decir, que creemos que va a ocurrir “porque siempre ha sido así” pero no va a ocurrir porque no es posible, porque han cambiado cosas), ¡y de descubrir un nuevo abanico de posibilidades hasta entonces ocultas!

 

  • Como decía Jim Dator “cualquier idea útil de futuro debe parecer ridícula… pero cualquier idea ridícula de futuro no es necesariamente útil”. Y como se dice en Historia “El pasado es un país extranjero / extraño”: si pudiéramos viajar a otro tiempo del pasado de la Humanidad, incluso quedándonos en el mismo lugar geográfico, el conjunto de prácticas culturales, tecnologías, orden social, normas y valores, así como el comportamiento, que conforman sistemas, nos parecerían entre ridículos y alienígenas. Realmente el Imperio romano era más alien de lo que nos parece a simple vista. Como nos parece ridículo cómo quedábamos en los encuentros sociales solo con teléfonos fijos, sin movilidad ni internet. Las implicaciones sistémicas de diferentes tendencias hacia el futuro son muy difíciles de adivinar, son contraintuitivas, van contra muchas cosas que consideramos “normales” o plausibles. Detectar esa contraintuición es lo que necesitamos trabajar también, y de eso va la famosa “anticipación”

 

  • Deseable no es necesariamente materializable o siquiera físicamente posible. Pero es muy importante considerar qué deseamos, cuáles son nuestros valores éticos e intereses. Ambición y realismo, por otro lado, se deben dar simultáneamente y no son en realidad contradictorios, sino complementarios.

 

  • Por tanto, cualquier escenario de futuro no es necesariamente útil. Existen diferentes propósitos para realizar escenarios: determinar qué queremos gracias a un proceso de introspección o de diagnóstico de posición; determinar dónde estamos o evaluar la posición estratégica y los retos del entorno… La pregunta más básica y más útil siempre es “Para qué”

 

 

Y pensar en sistemas, siempre. El objetivo es, al fin y al cabo, tener un mejor entendimiento para generar acciones e ideas materializables que aporten

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